04 enero 2010.Este 2010 se cumplen 200 años del inicio de la lucha por la independencia y 100 de la revolución mexicana. Es un año con una carga histórica y simbólica muy importante, que evoca momentos de violencia y caos, pero también de cambio y evolución.
Hace 200 años, México decidió ser libre y responsable de su destino. Haciendo un corte histórico, en 2010 no hay muchos elementos que justifiquen el festejo, mientras más de la mitad de la población viva en la pobreza y sigamos siendo uno de los países con mayor desigualdad social del mundo. Además, nos estamos rezagando progresivamente de la dinámica económica y política internacional.
Más que hacer celebraciones, el Bicentenario debe llevarnos al cambio profundo. Como en 1810 y 1910, México necesita transformarse. No por el camino de la violencia física o verbal, sino por medio de la participación ciudadana, la búsqueda de coincidencias y la construcción de acuerdos.
Tenemos la oportunidad de refundar nuestra nación, para de darle un modelo político y económico eficaz para enfrentar la realidad nacional e internacional que nos toca vivir.
Retomemos el espíritu de renovación que evoca el Bicentenario. Al igual que hace 100 y 200 años, hay una tensión social que genera una energía poderosa para el cambio. Los mexicanos tenemos la responsabilidad histórica de aprovechar esa fuerza y encausarla por la vía del diálogo constructivo.
Estamos en la disyuntiva de quedarnos atrapados en los problemas e inercias del pasado, o de dar el paso adelante que hace falta para aspirar a ser una nación libre, democrática y próspera, con oportunidades y empleos que permitan la movilidad social y la consolidación de una amplia clase media. Para dar ese paso, se necesita que haya una auténtica participación ciudadana. Y nuestro sistema político, tal como está ahora, difícilmente podrá hacerlo.
Nuestros políticos no son los únicos responsables de la parálisis que muestra la democracia mexicana en materia de acuerdos y decisiones. Los ciudadanos debemos asumir nuestra parte de culpa y la responsabilidad que nos toca en la solución.
La democracia no la hacen los políticos; tenemos que hacerla los ciudadanos todos los días, no sólo en los procesos electorales.
No es posible tener una verdadera democracia, sin verdaderos ciudadanos: aquellos que asumen y ejercen plenamente los derechos y obligaciones que conlleva la vida democrática. En México, todavía no contamos con esa clase de ciudadanía.
Desafortunadamente, América Latina registra niveles muy bajos de participación ciudadana, tanto en actividades políticas, como solidarias. Y de la región, los mexicanos estamos entre los menos participativos. Eso tiene que cambiar. Debemos pasar del descontento y la queja improductiva, a hacernos corresponsables de nuestro destino colectivo.
En México hay que construir ciudadanía. Eso se hace, en primer lugar, fomentando una mejor cultura democrática, conscientes de que la garantía del progreso social, y la vigencia de nuestros derechos y libertades, reside en el cumplimiento de nuestras obligaciones sociales y la participación cotidiana en la vida comunitaria.
En segundo lugar, necesitamos hacer que las instituciones de la democracia sean verdaderamente confiables. La credibilidad y el valor de los gobiernos y los partidos políticos tienen que partir de la rendición de cuentas que dan a los ciudadanos, no de las lealtades generadas por el clientelismo electoral. Eso sólo puede conseguirse con más participación ciudadana.
Aprovechemos este año del bicentenario para madurar como ciudadanos. Esa es la mejor manera de honrar las aspiraciones profundas que impulsan nuestra historia: unión, libertad, oportunidades para todos, soberanía y prosperidad.
En Coparmex creemos profundamente en estos valores. Construir ciudadanía es una tradición de esta institución. La unión de más de 36 mil afiliados y el respaldo nuestros principios y valores, son nuestra fuerza para intensificarlo.