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  Cuauhtémoc, Chih. 

El Principio del Fin.
Salvador de los Santos.

Monumentos

 

09 marzo 2010. La escultórica chihuahuense fue de aparición tardía y se caracterizó, como casi todas en toda la República, por compromisos ideológicos y políticos que suelen alcanzar la estatura cívica, pero muy pocas veces logran estar como lo deseaba Ramón López Velarde: a la altura del arte.

Al colocar la estatua correspondiente a Pancho Villa, ya en los años sesentas del siglo XX, se desató la polémica. Todavía Villa no había logrado amainar el coraje y odio que su turbulenta vida había levantado y el asunto se dio por concluido cuando se cambió el nombre de la escultura por el de ?División del Norte?.

Las dos esculturas históricas, Hidalgo y Juárez, cumplen como en otras partes de la República, en el mejor de los casos, con un cometido más didáctico que artístico. En cambio, en esta última escultura, la ?División del Norte?, realizada por el duranguense -¿o parralense?- Ignacio Asúnsolo, significó una excepción entre la creciente ornamentación monumental burda y patriotera.

Entre todas ellas la escultura de Asúnsolo, uno de los mejores y más grandes escultores de México, relincha soberanamente en la avenida Universidad entre el tráfico y la prisa, indudablemente la escultura figurativa más hermosa de Chihuahua. Esta escultura se ha convertido en la efigie y el símbolo más emblemático de nuestra ciudad capital.

A excepción de las obras de este artista las esculturas aparecían no sólo con la dudosa intención de embellecer los sitios donde se erigían, sino obedecían al mandato cívico del homenaje.

Los próceres de la patria grande y chica empezaron a florecer en las calles todavía transitables de Chihuahua, y en medio de glorietas que con el paso del tiempo se convirtieron en obstáculos viales intolerables, invadieron los espacios de los paseos públicos, y en el Parque Lerdo, por ejemplo, brotaron después de haber sepultado una fuente espléndida, o se metieron a los nichos del segundo piso del Palacio de Gobierno.

Muchas de estas esculturas secundaban la consigna de fortalecer la historia oficial o el decreto de un político mayor, por ejemplo el presidente de la República que, como era costumbre, se apegaba a un santón patrio y éste se reproducía como los propios conejos, y de todos los estados lo acompañaban en nichos, le levantaban pedestales y le quemaban incienso en los interminables rituales de la adulación.

La larga historia oficial de la escultura ecuestre ha sido exitosa; siempre que desean conmemorar a un héroe patrio lo montan en un caballo. Y estas esculturas brindan las inmejorables oportunidades para mostrar el acendrado nacionalismo al colocar, a la sombra de un pedestal, un día por año, la corona de flores frescas y un marchito discurso.

¿Quién habla a través de las esculturas? Habla el poder. Pero su discurso suele tener los efectos habituales: narcisista, demagogo y ampuloso, siempre ocultando intenciones distintas a las que expresa. En el fondo los políticos erigen la escultura a esos otros quienes siempre han querido ser.

En Chihuahua existe una amplia preferencia por el realismo patriótico y un desdén por las otras opciones artísticas.

Como si a Chihuahua no hubieran llegado los cuestionamientos a la historia oficial. En algunos otros lugares han sido tan fuertes que muchos idolillos, que en realidad nunca tuvieron naturaleza distinta al barro, ya han sido tirados de su pedestal.

Es evidente que la autonomía indígena y la democracia no tienen lugar en el poder, pero ¿tampoco forman parte de las mejores aspiraciones sociales? Mientras que a los orgullosos exterminadores de indios -varias tribus fueron borradas del mapa de la Nueva Viscaya- se les honra con los monumentos de Tres Castillos y de la glorieta de Talamantes o Del Iris, hace apenas unos años se erigió una pequeña escultura que se encuentra en la calle Libertad y que recuerda a un guerrero indígena de Chihuahua.

El símbolo es más que un fantasma. La identidad simbólica de los chihuahuenses está más representada por las víctimas de la colonización que por sus victimarios.

Los símbolos son para los pueblos lo que los sueños para los hombres.

 



 

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